Alejandro y Mariano, la cara y la cruz de la geoquímica

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Mariano y Alejandro son como una de esas parejas de cómicos, Pajares y Esteso, Martes y Trece, Cruz y Raya, Tip y Coll que, a pesar de tener una trayectoria académica dispar han sabido llevar adelante una vida profesional juntos en estos últimos años conjugando eso que tan difícil resulta: el respeto mutuo. En su caso, Alejandro y Mariano han encontrado el uno en el otro el complemento que les faltaba para llevar a cabo su trabajo; porque si Mariano era las manos y los ojos sobre el terreno, Alejandro era el transcriptor de esos conocimientos a veces intuitivos, otros largamente aprendidos de su compañero en informes de geoquímica. Un tándem ahora roto por la jubilación del que hacemos recuento en este diálogo que empezaremos retratando dos caracteres contrapuestos, el acelerado, la palabra atropellada de Alejandro Bel-lan, hombre imaginamos de explicaciones rápidas al teléfono, resolutivo, siempre con las prisas de quien sabe que el tiempo apremia y el de Mariano Martínez, al que uno podría confundir con un aldeano de visita en la ciudad por su bonhomía, el hablar reposado y la paciencia de quien ha caminado las tierras de España y nos dicen que las de Marruecos y República Dominicana. Sería fácil decir que el enjuto Bel-lan y el más generoso en carnes Martínez son una especie de Don Quijote y Sancho que han recorrido de palmo a palmo el suelo patrio, pero no caeremos en la comparación fácil. Lo que sí que es cierto es que sin la sensatez de Mariano al caminar en busca de los componentes que Alejandro le encomendaba los molinos de las vallas que muchas veces le impidieron el paso se habrían convertido en gigantes imposibles de franquear.

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Guardiana del tiempo

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Fini se siente en la Litoteca de Peñarroya como Chicote al abrir una nevera llena. Porque para ella las provisiones que la alimentan son todos los sondeos que almacena esta desconocida colección de recursos minerales. Viendo con ella las imágenes de las muestras, de las 12.500 que alberga la Litoteca, lo primero que llama la atención es el aspecto de las mismas, una especie de barra cilíndrica que Fini, acostumbrada a dar charlas divulgativas a escolares nos describe muy plásticamente como “si fuera un gran salchichón”, imagen impagable con la que se quedan los chavales. La peculiar forma de la muestra obedece a la perforadora que permite obtener la misma; obteniendo muestras de testiguo continuo o de ripio, es decir, la misma muestra, pero de roca machacada, una suerte de detritus. Así que aquello del terceto con ripios de Jardiel Poncela cobra otro sentido, a la vista de la terminología geológica.

¡Nos vemos en la Faja Pirítica!

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“Aunque no lo sepas, hay algo que amas mucho más que a mí, la tierra roja de Tara”. Eso le aseguraba el melifluo Ashley a una entregada Escarlata O’Hara en “Lo que el viento se llevó“. Pero eso es porque no conocería la Faja Pirítica Ibérica. Allí si que la tierra y los ríos son rojos. Tanto es así, que ha sido escenario de muchas recreaciones de parajes marcianos en el cine y que la NASA experimenta en tierras onubenses cómo podría ser la vida extraterrestre. 

Para Inmaculada Gil, responsable de la Oficina de Transferencia de Resultados de Investigación en el IGME, es más que eso “es un dominio muy especial, prácticamente único en el mundo se puede decir. Probablemente sea la mayor concentración de sulfuros masivos del mundo y eso es una anomalía geológica, una concentración anómala de minerales, cuyo valor depende de la demanda en cada momento”. Ese uso, implacable en tiempos, le dio ese aspecto descarnado a la tierra, horadada con descomunales agujeros en una especie de espiral, fruto de las prácticas extractivas del pasado que como nos confirma Inma “esas grandes cortas mineras son muy impactantes. Ahora se tiene mucho más cuidado y la legislación es mucho menos permisiva que entonces”.